Autor: Paula Victoria Mercado

  • El Coraje de Cambiar: De la Crisis a la Autonomía Personal


    En Un Curso de Milagros se dice que el milagro realmente es el cambio de la percepción: pasar del miedo al amor.

    Todos pasamos por momentos que representan quiebres en nuestra vida. Sea que se trate de una crisis por el duelo de haber perdido a alguien importante, una ruptura, un cambio de trabajo, mudanzas, accidentes o un diagnóstico.

    Esos momentos forman parte de algo que nuestra mente no termina de comprender y le cuesta asimilar. Buscamos culpables, o queremos “arreglarnos” para que todo vuelva a ser como era antes y la verdad, es que no hay culpables ni vuelta atrás. Cuando algo que considerábamos suelo firme se quiebra, sólo nos queda avanzar hacia un nuevo lugar.

    Cuando el suelo desaparece: La Crisis como Sacudida.

    En general, siempre hay una experiencia que nos afecta más que otras, que es catalizalizadora de un despertar. También podemos sentir que es un terremoto que produce una sacudida tan grande a nuestra psique, a nuestros relatos, nuestra identidad y las vivencias asociadas a esos relatos que nos dicen quienes somos, que implica una gran crisis porque el mundo que conocíamos, ha cambiado. 

    Y de pronto se abre una puerta, una promesa de que existe más vida fuera de la que conocíamos. El proceso ha comenzado, y no, después de esto no volvemos a ser los mismos.

    Cuando empezamos a ir por debajo de nuestros horizontes conocidos y exploramos partes internas, desconocidas, inexploradas, nos damos cuenta de que esa ampliación -que sucede por dentro- también se replica afuera, nos abre a personas y situaciones completamente nuevas y expansivas. 

    La crisis inicial nos da la oportunidad del milagro: ¿será que podemos aprender a ver la vida con nuevos ojos?

    Cambiar creencias: del pensamiento a la acción.

    En general, nuestros pensamientos son la lente con la que se percibe la realidad. La realidad que está fuera de nosotros es neutra, son nuestros pensamientos -y creencias- los que constituyen la narrativa de esa realidad -lo que nos decimos acerca de lo que los sentidos perciben-, que de esa manera se hace propia. 

    La historia que nos contamos del mundo no es azarosa, es una construcción. Muchas veces, esta construcción de la realidad la tenemos aprendida desde la infancia, en boca de nuestros padres, abuelos, tíos, primos, hermanos. Muchas veces, esta narrativa, no tiene fundamentos en nuestra experiencia, sino en la experiencia de otros, y sin darnos cuenta la repetimos, sin cuestionarnos si eso nos representa. 

    Los pensamientos que tenemos del mundo, condicionan nuestro sentir, y nuestro sentir impulsa nuestro actuar. Por eso lo primero que hacemos al iniciar un proceso de transformación es ajustar la escucha de lo que nos decimos puertas para adentro acerca de la realidad.

    Aprendiendo a escuchar nuestras narrativas, cuestionarlas y re-escribirlas cuando es necesario, es como vamos recuperando terreno y autonomía. Lo que más nos importa en este punto, es encontrar creencias limitantes, los techos invisibles –invisibles porque en la realidad, no existen– pero que nos detienen y nos limitan a ser y hacer en la vida lo que deseamos.

    Como menciona el libro Conversaciones con Dios, una de las formas de transformar creencias limitantes es a través de la acción. Al decidir y actuar en el mundo concreto, creamos evidencia de que podemos ser distintos a quienes creíamos ser. Eso nos da coraje para cuestionar lo que pensábamos de nosotros y del mundo. 

    Es a través de la experiencia y de estar presentes en el cuerpo donde realmente permitimos el cambio.

    En el presente, es donde puedo detenerme, observarme y elegir tomar una dirección distinta a la que siempre suelo tomar. 

    Prestar(nos) atención nos sana.

    Creo que si tenemos el suficiente coraje y valentía para poder vernos y escucharnos, tal vez logremos prestarnos atención. Y ahí es donde comienza el verdadero proceso de transformación. 

    Julia Cameron en El Camino del artista nos dice que la recompensa de prestarnos atención siempre es la cura. 

    Registramos qué nos da energía, que nos la quita, empezamos a reconocer las cosas que nos entusiasman y nos llenan el corazón. La vida empieza a presentarnos un mapa, y en ese mapa vamos trazando nuevos caminos, nuevas respuestas, nos atrevemos a decidir distinto. 

    El trabajo principal siempre va a ser recuperar una sensación de autonomía y todo lo que eso implica (significa esto que las dinámicas de dependencia van a tambalear?? Pues claro que sí). 

    La acción como antídoto.

    Llega un momento en que ya no estamos ensayando, llega un momento en que es inminente despertar a todas las posibilidades que se nos presentan. Eso nos habilita el prestarnos atención. Cuando tenemos ese avistaje no podemos volver atrás, y vamos a querer volver atrás, muchas veces.

    Prestarnos atención a nosotros mismos, significa que enfrentemos la vida sin escaparnos, que reportemos los avances y los retrocesos, las pausas demasiado largas, ante nosotros, ante quienes pedimos y soñamos con ese cambio. 

    Requiere que nos miremos en un espejo limpio y muy iluminado, y que sostengamos la vista, aunque el reflejo nos espante, nos aterrorice o nos avergüence. 

    Requiere que descubramos las heridas, que las observemos de cerca, que las dejemos respirar para que empiecen a cicatrizar. 

    Requiere que sintamos aquello que nunca quisimos sentir, que limpiemos la basura, lo acumulado, lo que ya no sirve, lo que no nos queda, lo que ya no somos. Requiere que cuestionemos las identificaciones, las historias que nos contamos y las que les contamos al resto. Coraje y valentía, como mínimo.

    La incomodidad, el peaje necesario.

    Cambiar no siempre se siente lindo, y no es nada fácil. Hay una incomodidad que tengo que aprender a sostener para poder realmente ver los pensamientos que surgen cuando me expongo a hacer cosas que antes no me permitía.

    Cuando sostengo la incomodidad, aprendo a crear una nueva respuesta, y eso es lo que en última instancia transforma mi vida. Es el acto de seguir presentándome ante mí mismo y todos los días querer dar un paso más profundo. 

    Es posible crearnos a nosotros mismos y crear una vida más auténtica, pero eso requiere trabajo, y que calmemos la fiera interna que nos dice que todo tiene que ser ya, porque eso aprendió de un mundo en el que aparentemente todos estamos corriendo. 

    Esto siempre va a pedirnos verdad con nosotros mismos, nos pide reconocer los lugares a los que estamos entregando nuestro poder. Y no hablamos sólo de espacios, situaciones y personas, también son los pensamientos y creencias limitantes que funcionan como techos a nuestros deseos y proyectos más profundos.

    Esta entrega de poder tiene un gran costo, y en algún momento todo nuestro sistema dice “basta”. 

    Es ahí cuando empezamos el trabajo de cambio. Un poco desde el hartazgo de no querer repetir historias, otro poco porque la vida nos sacude y el suelo que antes era seguro ahora no existe. Independientemente del punto de inicio de cada uno, al tomar la decisión de atravesar esto, nos aventuramos a un territorio desconocido, con todo lo que eso tiene de fascinante y de aterrador. 

    La resistencia: una fuerza opuesta que parece no colaborar.

    ¿Por qué remarco la incomodidad que implica cambiar? Porque no busco romantizar el proceso, nunca es fácil dejar de ser quienes sabemos ser. 

    Nuestro cerebro se resiste al cambio.

    Somos un cuerpo con un sistema nervioso que busca mantenernos a salvo, al que no le importa mucho la felicidad de nuestra alma, cuando busca sobrevivir.

    Para nuestro cerebro cambiar requiere tener energía disponible que no necesita cuando puede ir en automático y decidir lo que siempre decidió. El cambio muchas veces se siente como una amenaza para el sistema de alerta y por esto decidimos desistir. 

    El cerebro ama lo seguro, aunque lo conocido nos haga daño, lo que nuestra biología conoce es lo que va a preferir, y ante el cambio, se va a revelar. 

    Cuando entramos al proceso de cambio, tenemos que aprender a sostener dos verdades al mismo tiempo, por un lado esa parte que quiere cambiar, y la que está cómoda y aterrada, que espera que todo se mantenga igual. 

    Muchas veces decimos que queremos transformarnos, pero no sabemos cómo hacerlo. No tenemos sistemas de apoyo para embarcarnos, porque cambiar no se trata de tomar una decisión y ya, es un proceso -largo- que requiere trabajo -y mucho. Al cambio, hay que aprender a sostenerlo. 

    Es aprender a hacer las cosas de modo distinto al que sabemos, al que aprendimos, al que nos enseñaron. Es aprender a sentir distinto, a pensar de otra manera. A ver el mundo con nuevos ojos.

    Para transformarme, tengo que conocerme y conocerme es entender las estrategias de mi cerebro para dejarme en el mismo lugar de siempre. Tengo que aprender a ver mis propios mecanismos de defensa y de distracción. Y para poder verlos, hay que saber mirar con ojos compasivos, entendiendo que toda respuesta de mi cerebro, aunque distorsionada, busca mantenerme a salvo. 

    Sostener el proceso con compasión.

    Gestionar el cambio, y sobre todo la incertidumbre que trae el cambio, siempre es un desafío. En la medida en que dejamos de castigarnos por esa parte que se resiste, que quiere que las cosas sean ya, que busca controlar como mecanismo de defensa y que tiene miedo a fallar, podemos sostenernos con compasión y amabilidad.

    En definitiva, crecer no es que nos queden chicos los zapatos, crecer es esto. Es un trabajo serio, que requiere compromiso, con nuestros sueños, con esa parte que ya soportó demasiado, con esa parte que merece más de la vida. 

    Nos pide que nos prestemos atención, que nos digamos la verdad. Nos pide sobre todo que nos acompañemos con amor desde donde estamos hoy.

    Puede que ya estés transitando un proceso de transformación acompañada o acompañado. Y también puede que sientas que hay suelo en tu vida que se está empezando a quebrar, que algo está empezando a perder solidez y que el cambio no se puede hacer esperar.

    Puede que el cansancio de lo que siempre fue te haya llevado a tener que poner un límite. Dejó de ser necesario aguantar.

    Confianza, porque no todo es trabajo duro.

    Y acá un respiro. No todo es trabajo duro. Si es importante, y es lo que nos lleva en el día a día, porque como dije antes, el cambio se hace en el presente, y hay que aprender a sostener esa presencia con compromiso y mucha voluntad. 

    Pero también es cierto, que cuando tenemos el deseo de crear una vida más auténtica, aparece una fuerza de voluntad que se siente como un llamado del alma, es algo interno que nos sostiene contra todo pronóstico y contra todas las resistencias que puedan aparecer. 

    Confíen en que hay algo que los guío hasta donde están hoy y que eso mismo los puede acompañar hasta donde desean estar. 

    Sea que te encuentres en medio de la tormenta, al inicio, o que todavía no la veas venir, espero que estas palabras puedan ser un oasis al que puedas llegar a descansar, cuando lo necesites.

    Muchas gracias por estar.. Vicky

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